sábado, 12 de abril de 2025

Los cielos sonríen

 Los cielos sonríen


Sonríen los cielos,

con los brazos abiertos,

llenos de pureza y gloria.

La tierra arde en llantos desesperados,

mirando al cielo, esperando.


La vida —impredecible y bella—

nos permite momentos inolvidables

y otros… algo más desechables.


Ángeles caminan la escalera al cielo,

vestidos de blanco,

con sonrisas que bañan esta tierra maldita

con un poco de consuelo.


La gente,

de brazos caídos,

hincados en el dolor,

riegan el suelo infértil

con la sal líquida

que el alma expulsa

en torrentes intermitentes.


Los dolores desgarran

el tuétano de los huesos,

el cuerpo se estremece,

la cabeza duele.


Solo quedan pequeñas guirnaldas

en un árbol de raíces quemadas;

recuerdos esporádicos

que nunca pensamos extrañar.


La energía que movía el mundo

se ha tomado un minuto de descanso,

para rendir honor…

y luto.


Los recuerdos escapan la temporalidad,

perpetuándose

en el dolor que sorprendió a todos.


Las infinitas posibilidades

hoy juegan en nuestra contra

de manera cruel.


Y yo,

en mi impotencia,

no hago más que aferrarme

a la flaca esperanza

de su llegada al cielo.




lunes, 24 de marzo de 2025

Cadenas Invisibles

 

Cadenas Invisibles










De niño soñaba con manos al viento,
con mundos forjados en juegos inciertos.
Mas siempre encontraba un muro en mi intento,
un "no toques eso", un "déjalo quieto".

Cada creación, cada sueño, un error,
cada impulso, un motivo de horror.
Si alzaba castillos, si armaba figuras,
pronto caían con voz de censura.

Rompía los límites, rompía los juegos,
rompía la norma, rompía los miedos,
pero entre las ruinas de cada osadía,
aprendí que el miedo también me envolvía.

Crecí con las manos atadas al pecho,
con miedo a arriesgar, con miedo al despecho.
Si algo deseaba, frenaba el impulso,
porque en el pasado, el riesgo era abuso.

Y ahora, con años colgados al alma,
con sueños que arden y gritan en calma,
me miro y me veo atado a la nada,
queriendo avanzar… sin dar una zancada.

¿Por qué este vacío de inacción silente,
si arde en mi pecho un fuego insistente?
¿Por qué este miedo a torcer el intento,
si ya la derrota me abraza en el centro?

En Santo Domingo la vida es pesada,
el oro en las manos no vale más nada.
Trabajo, respiro, me esfuerzo… ¿y qué?
Si el aire que inhalo no alcanza a comer.

Veo a otros reír con menos esfuerzo,
veo su brillo, su paso más suelto.
¿Es todo apariencia? ¿Es solo un engaño?
O acaso es mi mente el peor de mis daños.

Porque si quisiera, podría intentarlo,
podría arriesgarme, podría lograrlo.
Mas algo en mi pecho, una voz ancestral,
susurra que el miedo es más fuerte que el mal.

Tal vez es el eco de aquellos mandatos,
del miedo a romper lo que toco en mis actos.
Tal vez la respuesta no está en entender,
sino en aceptar… y volverme a mover.

Porque el tiempo avanza, y nunca perdona,
porque la vida es una y no da corona
a quien se detiene a pensar demasiado,
mientras otros crean su propio reinado.

Si he de fallar, que falle con fuerza,
que el golpe me enseñe, que abra la puerta.
Pues nada es peor que esta inacción,
ser dueño de un miedo sin dirección.

Así que hoy rompo mis propias cadenas,
hoy doy el paso, hoy quiebro la pena.
No sé si me caigo, no sé si fracaso,
pero al menos la vida no se irá en mis manos.